Vivir con una enfermedad autoinmune es mucho más que convivir con un diagnóstico. Es habitar un cuerpo que a veces se defiende de sí mismo, un cuerpo que pide calma cuando la vida no se detiene. Desde la psicología, comprendemos que lo biológico y lo emocional no son mundos separados: son lenguajes que se entrelazan. Por eso, hablar de psicología y enfermedades autoinmunes es hablar del eje cuerpo–mente, del modo en que el sistema nervioso responde al estrés, al miedo o al cansancio, y de cómo un acompañamiento integrador puede ayudar al cuerpo a sentirse, poco a poco, más en paz consigo mismo.
Más allá de lo psicosomático
Durante mucho tiempo, cuando el cuerpo dolía y los análisis no ofrecían respuestas, aparecía una palabra que caía como una sombra: psicosomático.
A veces dicha con buena intención, otras con cierta ligereza, esa etiqueta dejó a muchas personas con una sensación amarga: la de no ser del todo creídas, como si el sufrimiento fuera imaginario o “solo emocional”.
Hoy, poco a poco, vamos entendiendo que esa división entre cuerpo y mente no se sostiene. El cuerpo siente, recuerda y reacciona; no es una máquina, sino un sistema vivo que dialoga constantemente con la experiencia.
Cada emoción tiene su eco en la piel, en el pulso, en la respiración. Y cada proceso físico está atravesado por lo que vivimos, por cómo nos protegemos, por lo que tememos o anhelamos.
Decir que algo tiene un componente emocional no lo hace menos real, ni menos orgánico. Al contrario: lo hace más humano.
Reconocer el papel de lo psicológico no invalida el cuerpo, lo ensancha. Permite comprender que hay enfermedades con causa médica clara —medible, visible— que sin embargo se ven profundamente moduladas por la forma en que nuestro sistema nervioso responde al mundo.
Porque no hay fronteras entre lo que pensamos y lo que sentimos, entre lo que el cuerpo expresa y lo que el alma guarda.
Solo hay un organismo vivo intentando mantener el equilibrio, incluso cuando duele.
El eje cuerpo–mente en las enfermedades autoinmunes
El cuerpo tiene su propia manera de escuchar el mundo.
Cuando percibe amenaza —física o emocional— activa un complejo sistema de defensa: hormonas, impulsos nerviosos, señales químicas que preparan a cada célula para resistir. Durante un tiempo, esa respuesta nos protege. Pero cuando la alerta se vuelve crónica, cuando el cuerpo nunca puede descansar del todo, algo en ese equilibrio se rompe.
En las enfermedades autoinmunes e inflamatorias, ese sistema de defensa parece volverse contra sí mismo. Las células que deberían proteger empiezan a atacar tejidos propios, como si hubieran olvidado reconocer lo que es “yo”.
Y, aunque su causa es biológica y compleja, hoy sabemos que el sistema nervioso y el estrés influyen en la intensidad de los brotes, en la percepción del dolor y en la capacidad de recuperación.
Cuando vivimos bajo tensión constante, el eje del estrés —hipotálamo, hipófisis, suprarrenales— se mantiene encendido. El cuerpo libera cortisol y adrenalina como si estuviera en guerra, y esa química altera también la manera en que el sistema inmune responde.
No causa la enfermedad, pero puede encenderla o amplificarla.
La teoría polivagal, propuesta por Stephen Porges, nos ofrece una mirada muy valiosa sobre esto. Explica cómo el sistema nervioso autónomo regula nuestras respuestas de seguridad o amenaza: cuando nos sentimos seguros, el cuerpo puede reparar, digerir, sanar; cuando nos sentimos amenazados, la energía se dirige a la supervivencia.
En las enfermedades autoinmunes, muchas veces el cuerpo ha permanecido demasiado tiempo en modo defensa, sin poder volver del todo al estado de calma que favorece la reparación.
Podríamos decir que el sistema inmune y el sistema nervioso comparten un mismo lenguaje: ambos responden a lo que perciben como peligro.
Y cuando la mente sufre, el cuerpo también se defiende.
Por eso comprender este eje cuerpo–mente no significa buscar culpables ni pensar que “todo está en la cabeza”. Significa reconocer que el modo en que vivimos y sentimos puede aliviar o agravar los procesos del cuerpo.
Que cuidar la mente también es cuidar la inflamación.
Que descansar, respirar y sentirse a salvo son actos biológicos, no solo emocionales.
Enfermedades relacionadas con el sistema inmune
Cada cuerpo encuentra su propio modo de expresar el desequilibrio.
En unas personas, la inflamación se instala en el intestino; en otras, en la piel, las articulaciones, los nervios o los vasos sanguíneos.
La medicina clasifica esas diferencias y las nombra: Crohn, lupus, fibromialgia, psoriasis, esclerosis múltiple…
Pero detrás de cada diagnóstico hay una misma raíz: un cuerpo que ha tenido que sostener demasiado durante demasiado tiempo.
Aunque la biología sea incuestionable —porque estas enfermedades tienen causas y mecanismos orgánicos definidos—, su curso, sus brotes y su intensidad están profundamente modulados por el sistema nervioso y, por tanto, por la experiencia emocional.
No son enfermedades “de la mente”, sino enfermedades del cuerpo que también sienten.
Detengámonos un momento para diferenciar distintos tipos y ver como se relaciona en cada uno la psicología y las enfermedades autoinmunes.
🩸 1. Enfermedades inflamatorias autoinmunes con fuerte modulación neuroendocrina
En este grupo se encuentran patologías como la enfermedad de Crohn, la colitis ulcerosa, la artritis reumatoide, el lupus, la psoriasis o las tiroiditis autoinmunes.
Todas ellas comparten un patrón: el sistema inmune se activa de manera excesiva y sostenida, generando inflamación, dolor y fatiga.
El estrés crónico, la falta de descanso y la carga emocional no las causan, pero sí influyen en su ritmo. Muchas personas describen que los brotes aparecen después de épocas de tensión, duelos, sobrecarga o agotamiento emocional.
Esto no es casualidad: el estrés sostenido altera los niveles de cortisol, modifica la microbiota intestinal y mantiene al cuerpo en modo defensa.
El sistema inmune, al igual que el nervioso, necesita alternar entre acción y reparación.
Cuando esa alternancia se pierde, el cuerpo pierde la capacidad de reconocerse a sí mismo.
No ataca por error: ataca porque no puede distinguir dónde está el peligro.
⚡ 2. Enfermedades neuroinmunes y neuroinflamatorias con disfunción autonómica
Aquí el punto de encuentro entre mente y cuerpo es aún más visible.
El síndrome de fatiga crónica, la fibromialgia, el síndrome de activación mastocitaria o los cuadros post–Lyme muestran cómo la disregulación del sistema nervioso autónomo puede alterar la percepción del dolor, la energía, la digestión o el sueño.
Son cuerpos que han perdido la brújula interna que regula el equilibrio entre el sistema simpático (acción) y el parasimpático (descanso).
El resultado es una sensación de agotamiento profundo, hipersensibilidad, dificultad para recuperar fuerzas y una vida cotidiana marcada por el esfuerzo de sostenerse.
Durante años se pensó que eran enfermedades “funcionales”, un modo elegante de decir “no sabemos”.
Hoy la ciencia empieza a reconocer que detrás de ese sufrimiento hay neuroinflamación, alteraciones inmunológicas y disfunciones del sistema autónomo.
Pero más allá de los datos, hay algo que quienes las padecen saben bien: que el cuerpo no miente, aunque no siempre pueda explicarse con los lenguajes de la medicina tradicional.
💓 3. Enfermedades orgánicas con expresión visceral o somática muy influida por la regulación emocional
El tercer grupo incluye procesos donde lo psicológico y lo físico se entrelazan de manera especialmente estrecha: el síndrome de intestino irritable, el asma, la migraña o la hipertensión esencial.
Aquí la causa puede no ser autoinmune, pero el modo en que el sistema nervioso modula la función corporal es decisivo
El intestino, por ejemplo, tiene su propio sistema nervioso —el sistema entérico—, y se comunica con el cerebro a través del nervio vago.
Cuando vivimos con ansiedad o miedo, la digestión se altera; cuando nos sentimos a salvo, el cuerpo retoma sus procesos de reparación.
De modo similar, la piel, los pulmones o los vasos sanguíneos reaccionan ante el estrés o la calma: somos organismos emocionales hasta en el nivel más microscópico.
No hay una mente que domina al cuerpo ni un cuerpo que arrastra a la mente.
Lo que hay es un sistema único que responde a cómo nos sentimos, a cuánto descanso tenemos, al grado de seguridad o amenaza que percibimos.
Y en ese terreno compartido, el trabajo psicológico puede tener un efecto fisiológico profundo.
Acompañar desde la psicología en las enfermedades autoinmunes
Acompañar a alguien que vive una enfermedad autoinmune o inflamatoria es adentrarse en un territorio donde el cuerpo y la mente se entrelazan de forma íntima.
No se trata de “curar lo psicológico para sanar lo físico”, sino de restaurar el diálogo entre ambos.
Ayudar al cuerpo a salir del estado de amenaza, y a la mente a encontrar un lugar de descanso dentro de lo que hay.
El primer paso suele ser la regulación emocional.
El estrés, la ansiedad o la tristeza prolongada no son solo estados mentales: son también configuraciones fisiológicas. Cada pensamiento o emoción deja su huella en la respiración, en el tono muscular, en la digestión, en la inflamación.
Por eso, cuando una persona aprende a reconocer y regular sus emociones, está también modulando su biología.
No se trata de “controlar” lo que siente, sino de darle un cauce, de permitir que la emoción se exprese sin que el cuerpo tenga que hacerlo en su lugar.
La teoría polivagal ofrece aquí un mapa útil: muestra cómo nuestro sistema nervioso oscila entre la conexión, la lucha o el colapso.
Acompañar desde la psicología implica ayudar a transitar esa escalera, favoreciendo el regreso a estados de seguridad y calma donde el cuerpo pueda repararse.
No siempre es posible eliminar el dolor o la enfermedad, pero sí crear las condiciones internas para que el cuerpo deje de sentirse solo en su esfuerzo.
- El trabajo con la aceptación y la autocompasión también ocupa un lugar esencial.
- Aceptar no es rendirse, sino reconocer la realidad del cuerpo sin convertirla en enemigo.
- Cuando dejamos de luchar contra el síntoma, cuando nos tratamos con la misma ternura con la que miraríamos a alguien querido que sufre, el cuerpo puede aflojar un poco su defensa.
- La autocompasión es, en el fondo, una forma profunda de desactivar la amenaza.
Los enfoques psico–corporales —la escucha corporal, el mapping, la respiración consciente o el movimiento suave e incluso la terapia craneosacral— permiten reconectar con las sensaciones del cuerpo desde un lugar seguro. No buscan “arreglar” nada, sino reaprender a habitar el cuerpo sin miedo.
Ese gesto, tan sencillo y tan difícil, puede transformar la relación con la enfermedad: del combate a la escucha, de la exigencia a la presencia.
Porque el cuerpo no se equivoca: hace lo que puede con los recursos que tiene.
Y acompañar desde la psicología significa ofrecerle nuevos caminos, nuevas formas de sentirse a salvo.
No para negar el dolor, sino para que dentro de él haya también espacio para la vida
el árbol: un enfoque integrador para procesos autoinmunes en Granada
A veces, vivir con una enfermedad autoinmune es convivir con la incertidumbre: no saber cómo amanecerá el cuerpo, qué energía habrá ese día, si la calma durará. Pero también es una oportunidad para aprender a escucharte de otro modo, respetarte e iniciar un camino hacia el cuidado integral.
En el árbol, centro de psicología y salud integral en Granada nos encontramos en ese punto: en la posibilidad de acompasar la biología con conciencia, de sostener el cuerpo con la mente y la mente con el cuerpo. Si vives con un proceso autoinmune y deseas aprender a escuchar tu cuerpo, regular el estrés y encontrar recursos para cuidarte desde dentro, contáctanos.
A nivel individual ofrecemos acompañamiento psicológico y psicocorporal. En formato grupal ofrecemos talleres mensuales de consciencia corporal y nuestras actividades semanales Balance. pensadas para familiarizarte con el trabajo psicocorporal a la vez que mejoras aspectos físicos y funcionales como la fuerza, la flexibilidad, o la agilidad.
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