Todos lo hemos experimentado. Hay momentos en los que decimos que sí… y algo dentro se retrae. Y otros en los que queremos decir no, pero dudamos, nos justificamos o terminamos cediendo. La asertividad y los límites no empiezan en lo que decimos hacia fuera, sino en la relación que tenemos con nosotros mismos.
No siempre es evidente. A veces ocurre de forma sutil: aceptamos un plan que no nos apetece, asumimos una tarea de más, evitamos una conversación incómoda. Otras veces lo sentimos con claridad, pero aun así no logramos expresarlo. Y poco a poco aparece el cansancio, la tensión o una sensación difícil de nombrar, como si nos estuviéramos alejando de nosotras mismas.
Solemos pensar que el problema está en no saber poner límites o en no tener suficiente seguridad para decir lo que pensamos. Pero la asertividad no empieza en lo que decimos hacia fuera. Empieza mucho antes, en la relación que tenemos con lo que sentimos y con lo que necesitamos.
Ser asertivo no es solo aprender a decir no. Es también poder decir sí desde un lugar auténtico, sin presión, sin miedo y sin desconexión. Es reconocer qué es importante para ti y encontrar una forma de expresarlo sin perder el vínculo con los demás ni contigo.
En este artículo vamos a explorar la asertividad desde ahí: no como una técnica de comunicación, sino como una forma de estar en el mundo más consciente, más clara y más conectada.
¿Qué es la asertividad y qué no es?
Cuando hablamos de asertividad, muchas veces pensamos en alguien que dice lo que piensa sin filtros, que se expresa con claridad o que sabe defender su punto de vista. Otras veces la asociamos con la idea de “poner límites” o “hacerse respetar”.
Sin embargo, la asertividad no es exactamente eso.
Ser asertiva no significa decir todo lo que se nos pasa por la cabeza ni imponernos en una conversación. Tampoco consiste en evitar el conflicto a toda costa o en adaptarnos para que todo esté en calma. De hecho, muchas de las dificultades que encontramos en nuestras relaciones vienen precisamente de movernos entre estos dos extremos: callarnos demasiado o expresarnos de forma reactiva.
La asertividad no está en el contenido del mensaje, sino en el lugar desde el que lo expresamos.
Podríamos entenderla como la capacidad de reconocer lo que pensamos, lo que sentimos y lo que necesitamos, y encontrar una forma de expresarlo que sea clara, respetuosa y coherente. No solo con los demás, sino también con uno mismo.
Desde ahí, la asertividad no es una técnica de comunicación, sino una forma de relación responsable.
No se trata solo de “decir bien las cosas”, sino de poder sostener lo que nos ocurre internamente sin negarlo, sin exagerarlo y sin volcarlo sobre el otro. Es un punto de equilibrio entre la pasividad —donde nos desconectamos de nosotros mismos— y la agresividad —donde perdemos de vista al otro—.
Por eso, aprender a ser asertivos no implica cambiar únicamente la forma en la que hablamos, sino también la manera en la que nos escuchamos.
🌿 La asertividad empieza en la relación contigo misma
Cuando hablamos de asertividad, solemos mirar hacia fuera: qué decir, cómo expresarnos, cómo reaccionar ante los demás. Sin embargo, la base de una comunicación asertiva no está en la forma, sino en el contacto que tenemos con nuestro propio mundo interno.
Para poder expresar algo con claridad, primero necesitamos reconocerlo. Saber qué sentimos, qué pensamos y qué necesitamos en una situación concreta. Y esto no siempre es tan evidente como parece.
A veces notamos incomodidad, tensión o malestar, pero no sabemos muy bien de dónde viene. Otras veces lo identificamos, pero lo minimizamos, lo posponemos o lo dejamos en un segundo plano para evitar conflicto o incomodidad.
Puede que te ocurra que, en el momento, no tengas claro qué quieres decir. O que sí lo sepas, pero algo te frene al expresarlo. En esos casos, no suele ser un problema de habilidades comunicativas, sino de conexión.
Cuando perdemos contacto con lo que sentimos o necesitamos, la comunicación se vuelve confusa. Dudamos, nos justificamos en exceso o nos adaptamos más de lo que nos gustaría. Y poco a poco, sin darnos cuenta, empezamos a alejarnos de nuestro propio criterio.
Desde ahí, la asertividad no puede sostenerse.
Ser una persona asertiva implica desarrollar una escucha interna más afinada. Aprender a detenernos lo suficiente como para percibir qué está ocurriendo dentro de nosotros, y poder darle un lugar antes de llevarlo fuera.
No se trata de tener siempre respuestas claras ni de actuar con seguridad en todo momento. Se trata, más bien, de construir una relación más honesta con uno mismo, donde lo que sentimos y necesitamos pueda ser reconocido, aunque todavía no sepamos cómo expresarlo.
Y es desde ese lugar desde donde empieza a ser posible decir sí o decir no de una forma más coherente, más clara y más conectada.
🌿 Los derechos asertivos: una base que muchas veces no conocemos
En muchas ocasiones, la dificultad para ser asertiva no tiene que ver solo con lo que sentimos en el momento, sino con algo más profundo: la sensación, a veces inconsciente, de que no tenemos derecho a expresarnos de determinada manera.
Hemos aprendido, de forma explícita o implícita, que hay cosas que “no deberíamos” hacer. Que decir que no puede molestar, que expresar lo que sentimos puede incomodar o que priorizarnos implica dejar de tener en cuenta al otro, ser egoista.
Desde ahí, no es extraño que aparezcan dudas, culpa o inseguridad cuando intentamos posicionarnos.
Derechos asertivos básicos
Los llamados derechos asertivos no son normas que tengamos que aplicar correctamente. Son, más bien, recordatorios de algo básico: que nuestras necesidades, nuestras emociones y nuestros límites tienen un lugar legítimo en la relación.
Entre ellos, podemos reconocer:
- el derecho a decir no sin sentirnos culpables
- el derecho a expresar lo que sentimos, aunque pueda incomodar
- el derecho a pedir lo que necesitamos, aunque no siempre lo consigamos
- el derecho a cambiar de opinión
- el derecho a equivocarnos y no ser perfectos
- el derecho a no justificarnos constantemente
- el derecho a no saber o a no tener una respuesta inmediata
- el derecho a tomarnos nuestro tiempo para decidir
- el derecho a no responsabilizarnos de las emociones de los demás
- el derecho a poner límites, aunque al otro no le guste
- el derecho a priorizarnos sin dejar de tener en cuenta al otro
Puede que, al leerlos, algunos te resulten evidentes. Pero también es posible que otros te generen incomodidad o resistencia. Y esa reacción no es casual.
Muchas veces, no es que no sepamos cómo expresarnos, sino que en algún nivel sentimos que no podemos hacerlo. O que hacerlo tiene un coste demasiado alto.
Cuando empezamos a reconocer estos derechos, algo cambia. No porque automáticamente sepamos cómo actuar, sino porque empezamos a colocarnos en un lugar diferente frente a lo que nos ocurre.
Dejamos de ver la asertividad como una exigencia —“debería ser capaz de decir esto”— y empezamos a entenderla como una posibilidad que se construye desde dentro, poco a poco, en la medida en que nos damos permiso para estar y expresarnos de otra manera.
🌿 Por qué nos cuesta ser asertivos
Aunque podamos entender qué es la asertividad e incluso reconocer nuestros derechos, en la práctica no siempre resulta fácil sostenerlos. Saber qué necesitamos no implica necesariamente poder expresarlo.
En muchas ocasiones, lo que aparece no es claridad, sino duda.
Puede que te ocurra que, en el momento en el que algo te molesta o necesitas posicionarte, surjan pensamientos como: “no es para tanto”, “mejor lo dejo pasar” o “no quiero generar un problema”. O quizá sientas que, si dices lo que realmente piensas, puedes incomodar, decepcionar o incluso perder el vínculo con la otra persona.
Desde ahí, es fácil priorizar la relación… pero a costa de uno mismo.
Muchas de estas dificultades no tienen que ver con falta de capacidad, sino con aprendizajes previos. A lo largo de nuestra historia, hemos ido incorporando ideas sobre cómo debemos comportarnos, qué es aceptable expresar y qué no, o qué consecuencias puede tener mostrarnos tal y como somos.
A veces hemos aprendido que es mejor adaptarse que confrontar, que expresar el enfado es peligroso o que nuestras necesidades no son tan importantes como las de los demás. Otras veces, simplemente no hemos tenido modelos de comunicación donde la asertividad estuviera presente.
También influyen nuestras propias creencias y nuestro diálogo interno. Exigencias como “debería poder con todo”, “no debería necesitar esto” o “tengo que hacerlo bien” generan una presión que dificulta el contacto con lo que realmente nos pasa.
Cuando esto ocurre, no solo nos cuesta expresarnos hacia fuera, sino que empezamos a desconectarnos hacia dentro.
Y desde ahí, la asertividad se vuelve mucho más difícil de sostener.
No porque no sepamos cómo hacerlo, sino porque algo en nuestro interior nos lo impide o nos lo dificulta.
Por eso, más que forzarnos a actuar de una determinada manera, puede ser más útil empezar por comprender qué nos ocurre en esos momentos. Qué estamos sintiendo, qué estamos pensando y qué necesidad puede estar en juego.
Ese es el punto de partida real del cambio.
🌿 Asertividad y límites: cuando el sí y el no están en equilibrio
Cuando hablamos de límites, es fácil pensar en el “no”. En frenar, en marcar una línea, en protegernos de algo que no queremos o que sentimos que nos sobrepasa.
Sin embargo, los límites no se construyen solo desde el rechazo, sino también desde el reconocimiento de lo que sí queremos, de lo que es importante para nosotros y de aquello con lo que estamos disponibles a comprometernos.
Desde ahí, decir “no” deja de ser un acto de oposición y se convierte en una forma de cuidado.
Y decir “sí” deja de ser una respuesta automática o una adaptación al otro, para convertirse en una elección más consciente.
Puede que te hayas encontrado diciendo que sí cuando en realidad querías decir que no. O negándote a algo sin tener del todo claro por qué. En ambos casos, lo que suele estar en juego no es solo la respuesta, sino el grado de conexión que tienes con lo que necesitas en ese momento.
Cuando hay claridad interna, el sí y el no se vuelven más sencillos. No necesariamente más fáciles —porque pueden seguir generando incomodidad—, pero sí más coherentes.
Desde ese lugar, los límites no aparecen como algo rígido o defensivo, sino como una forma de ordenar la relación con uno mismo y con los demás. No se trata de levantar barreras, sino de poder delimitar hasta dónde queremos llegar y en qué condiciones.
La asertividad, en este sentido, no consiste en aprender a decir más veces que no, sino en poder sostener tanto el sí como el no desde un lugar más consciente.
Un sí que nace del deseo, no de la obligación.
Un no que nace del cuidado, no del rechazo.
Esta capacidad de sostener es lo que conecta asertividad y empatía. En ese equilibrio es donde empieza a construirse una forma de relacionarnos más clara, más honesta y más respetuosa, tanto con los demás como con nosotros mismos.
🌿 Cómo empezar a relacionarte de forma más asertiva
Empezar a ser más asertivo no consiste en cambiar de un día para otro la forma en la que te comunicas, ni en obligarte a decir cosas que todavía no puedes sostener. Es, más bien, un proceso gradual que implica ir incorporando pequeños cambios en la forma en la que te relacionas contigo y con los demás y aprender a comunicarte de una forma más consciente y ajustada a lo que necesitas
Muchas veces, el primer movimiento no está en decir algo distinto, sino en sostener lo que aparece dentro sin apartarlo rápidamente. Permanecer un poco más en esa incomodidad, sin justificarla ni taparla, ya es una forma de empezar a posicionarte.
A partir de ahí, pueden surgir pequeños gestos diferentes.
Quizás no decir que sí de forma automática, darte un tiempo antes de responder o expresarte expresar algo de forma más simple, sin explicarlo todo ni buscar que el otro lo entienda perfectamente.
No se trata de hacerlo perfecto, ni de encontrar la forma “correcta” de decir las cosas. Se trata de ir probando, poco a poco, nuevas maneras de estar en la relación.
Puede que al principio resulte incómodo. Incluso que aparezcan dudas o una cierta sensación de estar haciendo algo “mal”. Es parte del proceso.
Con el tiempo, cuando empiezas a sostener esos pequeños cambios, algo se va reorganizando. La forma en la que te escuchas, la manera en la que te posicionas y la claridad con la que puedes expresarte.
Y desde ahí, la asertividad deja de ser un esfuerzo puntual para convertirse en una forma más estable de estar en el mundo.
La asertividad en el proceso terapéutico
Sin embargo, este camino de auto escucha, conexión, elección y expresión no siempre es sencillo.
A veces, la dificultad para decir que no, para sostener un sí o para expresar lo que nos ocurre tiene raíces más profundas. Está relacionada con nuestra historia, con los aprendizajes que hemos incorporado, con la forma en la que hemos aprendido a vincularnos y a posicionarnos en las relaciones.
Por eso, en muchas ocasiones, no basta con entender qué es la asertividad o con conocer nuestros derechos. Es necesario poder explorarlo en un espacio donde podamos ir reconectando, poco a poco, con nuestras propias señales, revisar nuestras creencias y encontrar una forma más ajustada y respetuosa de estar en relación.
Es un proceso que necesita tiempo, atención y acompañamiento.
el árbol, acompañamiento integrador en Granada
En el árbol, centro de psicología y salud integral, trabajamos desde un enfoque integrador. Pensamiento, emoción y cuerpo se tienen en cuenta como partes de un mismo proceso. En nuestras sesiones individuales ofrecemos un espacio en el que poder escucharte con más claridad, comprender lo que te ocurre, desentrañar tu historia y encontrar una manera más consciente de relacionarte contigo y con los demás.
Si sientes que este tema resuena contigo, contacta con nosotras. Puede ser un buen momento para empezar a mirarlo con más profundidad.


