Inteligencia emocional y psicología integradora: cómo se organiza nuestro mundo emocional

Compartir:

Darnos cuenta de lo que sentimos, comprender por qué lo sentimos y tener en cuenta tanto nuestras emociones como las de los demás a la hora de relacionarnos y tomar decisiones. Eso es inteligencia emocional en psicología. 

Reconocer nuestras reacciones internas, entender qué necesidades están en juego y regularnos cuando algo nos desborda para cuidarnos, vincularnos mejor y adaptarnos a las distintas situaciones de la vida,  es la base de cualquier acompañamiento terapéutico.

Desarrollar consciencia, responsabilidad y flexibilidad es principio y final de cada proceso de crecimiento personal.

Inteligencia emocional: el comienzo es cambiar el foco

Tendemos a pensar que nuestros sentimientos del día a día están determinados por las personas que nos rodean y por las situaciones que vivimos. A menudo vivimos con la sensación de que “lo que me pasa” viene de fuera: de lo que el otro hace o deja de hacer, de lo que ocurre, de lo que no depende de mí.

Pero ¿y si cambiamos el foco?
¿Qué pasa si mis sentimientos, en realidad, responden a mis necesidades y a mis pensamientos?
¿Qué ocurre si empiezo a considerar que lo que sucede fuera no es tanto la causa de lo que siento, sino el estímulo que activa algo que ya está en mí?

Desde esta mirada, puedo recuperar la dirección de mi sistema emocional si entiendo que las situaciones y las personas no son más que el estímulo que me hace reaccionar. Y reaccionar, en principio, está bien, me da información. Me permite saber qué siento y qué necesito. El problema no es reaccionar, sino quedarnos atrapados en la respuesta automática sin consciencia, sin entender el mensaje y sin capacidad para elegir como responder.

La psicología integrativa analiza y pone en relación los sistemas afectivo  y cognitivo. Nos invita a observarnos desde una mirada más amplia, donde lo emocional y lo mental no se oponen, sino que dialogan constantemente. Aprendemos a escucharnos y a distinguir entre lo que sentimos (nuestras emociones, sentimientos y necesidades) y lo que pensamos (nuestro diálogo mental) y como se expresa en mi cuerpo.

Desde este enfoque podemos entender la inteligencia emocional no como la capacidad de “controlar” lo que sentimos, sino como la capacidad de comprender qué está ocurriendo dentro de nosotros y responder de una manera más consciente a partir de ahí.

La base de la inteligencia emocional en psicología: conectar pensamientos, sentimientos, necesidades y cuerpo

Para comprender mejor cómo funciona nuestro mundo psicoemocional, puede ser útil observarlo como un sistema en el que pensamientos, sentimientos, necesidades y cuerpo están en relación constante. No funcionan de forma aislada ni jerárquica, sino que se influyen mutuamente de manera continua.

Pensamientos

Suelen situarse en un plano más consciente. Casi siempre «sabemos» lo que estamos pensando. Sin embargo, no todos nuestros pensamientos son conscientes. Existen creencias profundas, aprendidas a lo largo de la vida, que operan en un segundo plano y condicionan nuestra forma de percibir la realidad sin que nos demos cuenta.

Un pensamiento concreto, una interpretación puntual es quizás lo más fácil y rápido de cambiar. Por ello, a menudo son el primer aspecto sobre el que intentamos intervenir. El sistema de creencias llevará un poco más de tiempo para cambiar, pero poco a poco se transforma.

Los pensamientos, el plano cognitivo, influye en nuestros sentimientos. Nuestra interpretaciones o anticipaciones nos hacen enfadarnos, avergonzarnos o entristecernos. Pero también ocurre lo contrario. Los sentimientos afectan al pensamiento reforzando ciertas interpretaciones y descartando otras, según nuestro estado emocional. Afectan al contenido pero también a la actividad: a mayor intensidad de un sentimiento, mayor agitación mental.

Sentimientos y emociones

Podemos encontrarlos tanto a un nivel consciente como inconsciente. Muchas veces identificamos claramente nuestros sentimientos. Pero otras creemos estar “neutrales”, tranquilos o incluso amables, cuando en realidad hay sentimientos de tristeza, rabia o tensión operando en segundo plano. Desde fuera, otras personas pueden percibir ese estado emocional con mayor claridad de la que tenemos nosotros mismos.

Los sentimientos se encuentran en el centro del sistema. Afectan y se ven afectados por el plano racional pero a su vez influyen y se ven influidos por las necesidades. Por ejemplo, un sentimiento de tristeza, de enfado o de saturación puede activar una necesidad de espacio personal, de silencio o de retirada, llevándonos a buscar la soledad o a reducir el contacto con el entorno. A su vez una necesidad de afecto, vinculación, contacto, no satisfecha puede hacernos sentir tristeza, inseguridad o frustración. 

Las necesidades.

Las necesidades suelen situarse en un plano más inconsciente porque se encuentran en la base del sistema emocional. Son las más antiguas desde un punto de vista evolutivo y están directamente relacionadas con la supervivencia y la adaptación. Por ello, muchas veces se expresan a través de sensaciones corporales o estados emocionales antes de poder ser pensadas o nombradas.

Aunque no siempre lo percibamos, nuestro sistema de creencias y nuestros pensamientos influyen en la forma en que reconocemos, valoramos o ignoramos nuestras necesidades. A su vez, las necesidades no satisfechas condicionan nuestros pensamientos  a través de las emociones, cerrando un circuito de retroalimentación constante.

El cuerpo.

El cuerpo forma parte de este sistema y actúa con frecuencia como primer mensajero. A través de la tensión, el bloqueo, la fatiga o la activación nos informa de estados emocionales y de necesidades que todavía no han llegado a la conciencia. Escuchar el cuerpo nos permite acceder de forma indirecta a aquello que aún no sabemos poner en palabras.

Pensamientos, sentimientos, necesidades y cuerpo se comunican entre sí de manera permanente. Comprender este diálogo interno es una de las bases de la inteligencia emocional.

Emociones y sentimientos al servicio de la inteligencia emocional

Las emociones son como los colores. Hay unos básicos: azul, amarillo, rojo, blanco y negro. Podemos encontrarlos en su estado puro, o podemos encontrar mezclas entre ellos que dan lugar a otros “colores” (verde, naranja, turquesa, violeta, malva, calabaza…).

En el trabajo en consulta trabajo con emociones básicas: miedo, tristeza, rabia, asco o rechazo, alegría, sorpresa y ternura. Estas emociones forman parte de nuestro equipamiento biológico, las compartimos con otros mamíferos y cumplen una función esencial para la supervivencia y la adaptación al entorno.

Todas las emociones son positivas

Las emociones no aparecen al azar ni son un error del sistema. Son respuestas automáticas que nos orientan en el mundo mucho antes de que podamos reflexionar sobre lo que nos ocurre. Desde esta perspectiva, las emociones pueden entenderse como e-motion, “movimiento hacia”. Nos impulsan en una dirección u otra: nos acercan a lo que es valioso y nos alejan de lo que percibimos como peligroso. Nos alertan cuando se están traspasando límites, propios o relacionales, y nos ayudan a protegernos. También cumplen una función fundamental en la vinculación, ya que facilitan el cuidado, el contacto, la protección y la conexión con los demás.

Este funcionamiento tiene una base corporal y nerviosa. Antes de que intervenga el pensamiento consciente, el sistema nervioso ya ha evaluado la situación y ha activado una respuesta emocional.

Desde esta perspectiva, no existen emociones positivas o negativas. Todas cumplen una función adaptativa. Lo que sí podemos diferenciar es entre emociones agradables y desagradables. Las agradables suelen invitarnos a la expansión, al acercamiento y al vínculo. Las desagradables tienden a contraer, a proteger, a defender, a marcar límites o a retirarnos. Ambas son necesarias.

Sentimientos: de la biología a la psicología

Los sentimientos son la mezcla de una o más emociones básicas con estados y con interpretaciones o pensamientos. Estas interpretaciones se derivan del aprendizaje a lo largo de nuestra experiencia vital: ¿Cómo nos hemos relacionado con esa emoción a lo largo de nuestra vida?, ¿Qué significa para nosotras, cómo las ha tratado nuestro entorno? ¿Cómo se relacionan con nuestras creencias?

 Cuando hablamos de «estados» nos referimos a estados mentales, como la claridad, la confusión, la agitación o el bloqueo; estados energéticos, como el agotamiento, la fluidez o la sobrecarga; y estados nerviosos o corporales, como la tensión, la sensibilidad o la activación. De esta interacción nace la experiencia subjetiva que llamamos sentimiento, más compleja y matizada que la emoción básica.

Aprender a distinguir sentimientos y pensamientos

A veces es difícil detectar nuestros sentimientos y diferenciarlos de nuestros pensamientos. Para mejorar nuestro ámbito emocional necesitamos aprender a distinguir entre lo que sentimos y lo que creemos que somos, lo que sentimos y lo que pensamos de los comportamientos de los demás hacia nosotros.

Os dejo una pista: Cuando el verbo siento va seguido de “que…”, “como…”, “como si…” normalmente va a indicar un pensamiento más que un auténtico sentimiento.

Comprender esta diferencia nos ayuda a no confundir lo que sentimos con lo que pensamos. Nos permite reconocer que detrás de cada sentimiento hay una emoción cumpliendo una función y un estado que la modula, ofreciéndonos información valiosa sobre nuestras necesidades y sobre cómo estamos en relación con el entorno.

Comprender las necesidades: la base de la inteligencia emocional

Es más fácil entenderlo si lo hacemos desde la fisiología. Pongamos el ejemplo del calcio. ¿Podemos sobrevivir sin el aporte mínimo necesario de calcio? Quizás sí. Pero un aporte insuficiente de calcio en el desarrollo embrionario puede llevar a problemas tan graves como la malformación del niño, ocasionar su muerte o una severa discapacidad. La carencia de calcio en fases posteriores puede conllevar problemas de crecimiento o debilidad ósea en diferentes grados durante la edad adulta.

Una necesidad psicoemocional es aquello que necesitamos para funcionar eficazmente y que contribuye de modo esencial para el proceso vital. Al igual que las emociones, las compartimos con el resto de mamíferos. Su satisfacción es indispensable para un desarrollo normal y saludable. Tienen un gran valor para la supervivencia y la realización personal.

La satisfacción de las necesidades es el alimento del sistema psicoemocional. Esta “nutrición” refuerza el “sistema inmunitario” de la consciencia. Proporciona fuerza, resistencia y capacidad para la regeneración ante situaciones de esfuerzo, conflicto, sufrimiento o necesidad de cambio.

Desde esta perspectiva, muchos de nuestros estados emocionales persistentes o emociones extremas puntuales pueden entenderse como señales de una desnutrición psicoemocional más o menos consciente.

Aprender a escuchar la necesidades

Las necesidades no siempre se manifiestan de forma directa o clara. Raramente se presentan como un pensamiento explícito del tipo “necesito esto”. Con mayor frecuencia aparecen de manera indirecta, a través de sentimientos, sensaciones corporales o reacciones automáticas que no siempre comprendemos.

Una necesidad de descanso puede sentirse como irritabilidad, torpeza mental o apatía. Una necesidad de espacio puede vivirse como enfado, rechazo o ganas de aislarse. Una necesidad de vínculo puede manifestarse como tristeza, inseguridad o hipersensibilidad. En estos casos, lo que sentimos no es la necesidad en sí, sino la forma en que el sistema intenta señalar que algo esencial no está siendo atendido.

Cuando una necesidad permanece insatisfecha durante un tiempo prolongado, el sistema emocional tiende a desregularse. Aparecen reacciones más intensas, desproporcionadas o difíciles de controlar, no como un fallo personal, sino como una señal del organismo de que se está produciendo un daño. Reconocer esta lógica interna nos permite dejar de juzgarnos y empezar a escuchar lo que realmente está pidiendo ser cuidado.

¿Qué tipo de necesidades identificamos en psicología?

Para comprender mejor cómo se organizan nuestras necesidades, puede ser útil imaginar nuestro mundo interno como una construcción arquitectónica.

En la base se encuentran las necesidades más básicas y biológicas. Son los cimientos del sistema: descanso, espacio personal, confort, son algunas. Están directamente relacionadas con la supervivencia y con el cuerpo. Cuando estas necesidades no están cubiertas, el desequilibrio aparece con rapidez. El sistema se resiente de forma inmediata y no hay demasiado margen para sostener el malestar durante mucho tiempo.

Sobre esta base se levanta un segundo nivel, que podemos imaginar dividido en dos espacios que se comunican entre sí. Por un lado, las necesidades de vinculación, que tienen que ver con el afecto, el contacto, la pertenencia, entre otras. Por otro, las necesidades relacionadas con la relación con uno mismo: la autoestima, el autoconocimiento, la aceptación. Cuando algo falla en este nivel, el edificio suele mantenerse en pie, pero aparecen grietas. Podemos seguir funcionando, pero si aumenta la tensión podemos derrumbarnos.

En la parte superior se encuentra un tercer nivel, vinculado a las necesidades de realización y sentido: las necesidades intelectuales, espirituales, por ejemplo. Cuando se produce un impacto aquí, el malestar es real, pero suele ser más fácilmente reconstruible si los niveles inferiores tienen suficiente solidez.

Esta imagen nos ayuda a entender que no todas las necesidades tienen el mismo peso en el equilibrio emocional, pero que la salud y el crecimiento implica cuidar toda la estructura que nos sostiene.

Comprender el mundo emocional: una base para el equilibrio, la autoestima y el crecimiento personal

La inteligencia emocional no es una técnica ni un objetivo a alcanzar, sino un proceso continuo de comprensión interna. Aprender a escuchar el diálogo entre pensamiento, emoción, necesidad y cuerpo abre la posibilidad de relacionarnos con nosotros mismos de una manera más flexible y responsable.

el árbol, centro de psicología en Granada

En el árbol, centro de psicología en Granada, uno de los pilares del acompañamiento terapéutico es el desarrollo de la inteligencia emocional.  Lo hacemos en sesiones individuales o en talleres grupales de desarrollo personal. Si te interesa, contáctanos, estamos deseando conocerte.

Post más recientes:

Toma de conciencia y aceptación
Consciencia y Aceptación: Claves para el crecimiento personal
pensamiento desire castro
Qué es y para qué sirve la terapia cognitiva
Una persona practicando una sesión de toma de conciencia a través del movimiento.
Toma de Conciencia a Través del Movimiento. El Método Feldenkrais
Ir al contenido